25 de marzo de 2013

China. Retiro en un templo budista

Me encuentro en la provincia de Yunnan, al suroeste de China, una zona montañosa en la que la temperatura ha descendido considerablemente.
Esta provincia hace frontera con Vietnam, Laos y Myanmar, países que tengo muchas ganas de visitar y que espero hacerlo en los próximos meses.

Durante estas dos semanas que llevo viajando por el país, ya he podido disfrutar de sus pueblos más auténticos, de sus ríos, de sus puentes milenarios, y también de sus transportes, habiéndo cogido ya, dos trenes de larga duración, uno de 19 horas y otro de 7 horas.
Esos trenes en los que te pasas todo el tiempo sentado y sintiéndote observado por los locales, hasta que sueltas cuatro palabras en mandarín y se forma un corro de gente queriendo saber sobre ti, mientras te ofrecen pipas y cervezas.

Vuelvo a sentir la generosidad de la gente, algo que daba bastante miedo, cuando antes de venir, muchos viajeros me decían que iba a encontrar una gran diferencia con la gente de Filipinas, y sí, es verdad, aquí son más tímidos y está el problema del idioma, pero en cuanto coges confianza, son de las personas más hospitalarias que he conocido nunca.

Tenía ganas de pasar unos días haciendo un retiro en un templo budista. Podía esperar a Tailandia, pero de repente, se me presentó la oportunidad de hacerlo en Dáli, un pueblecito de 40.000 habitantes, amurallado y metido entre unas montañas de 4.000 metros de altura.
Se trata del monasterio Wu Wei Si, situado a las afueras del pueblo, a 2.500 metros de altura.
Aquí se enseña Kung-fu, por lo que vi una gran ocasión de aprender y conocer más sobre este tipo de lucha.
Todo lo que rodea a este lugar es paz absoluta, con un estilo de vida estancado en el tiempo y sin ningún tipo de comodidades.
Las camas, hechas con dos bancos en los extremos, con un tablón de madera en medio y un fino colchón, te hace imaginar como será todo lo demás. Sin electricidad, estás obligado a moverte con linterna al anochecer, ya que además los lavabos están a unos 300 metros de donde se duerme.

Los entrenamientos empiezan a las siete de la mañana, y aunque, parecen duros, podría ser peor, ya que El Maestro se lo toma bastante con tranquilidad y pasamos mucho tiempo hablando y riendo.
Esto es un día a día en el templo:

6.30h En pie
7.00h Corremos 1km hasta un río, cogemos una piedra de 5-6kg y llevándola en la cabeza, debemos transportarla hasta el templo, pasando por un bosque
8.00h Desayuno
9.00h a 12.00h Entrenamientos con una hora de estiramientos y dos horas de técnica
12.00h Comida
12.30h a 16.00h Descanso
16.00h a 18.00h Entrenamientos
18.00h Cena
21.30h A dormir.

A la hora de sentarse en la mesa para comer, hay una serie de normas.
Nunca se puede empezar antes que el Gran Maestro, el cuenco no se puede apoyar y debes acabarte todo lo que te sirvas.
Además, una vez has acabado, debes despedirte de tu mesa y de las otras, diciendo las palabras "Eer Moed Tofu".

Cada día, los monges hacen dos ceremonias de dos horas. No me quise perder la oportunidad de poder asistir a una, así que pedí permiso para poder estar presente en una de ellas.
El Gran Maestro, un hombre mayor con su larga barba y su capa, impresiona nada más verle. Vino a corregirme la posición en un par de ocasiones y volvió a su sitio.
Dos horas cantando, orando a los Dioses y en algunos momentos caminando alrededor de una sala iluminada con velas, hacen que te olvides de todo lo que pasa por tu cabeza y acabas dejándote llevar por esa nueva experiencia que estás sintiendo.

Un total de seis días entrenándome, y a la vez disfrutando de la tranquilidad que ofrece el templo. Sin ruidos, sin contaminación, sin móviles...
Me siento satisfecho de haberme iniciado en este tipo de arte marcial, y de haber estado unos días tranquilo y pensando. Ahora me siento con más ganas que nunca de continuar mi viaje!!































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